Luego del derrocamiento del gobierno del presidente Salvador Allende, en ese fatídico mes de Septiembre del año ‘73, hubo la necesidad desde la junta militar de instaurar un modelo económico acorde a lo que ocurría en el mundo y, particularmente, en lo que a la región dominada por Estados Unidos respecta (país que vivía, por esos años, un profundo cambio en su desarrollo capitalista, efecto de la crisis del petróleo -combustible preeminentemente conflictivo hasta nuestros días). La solución venidera sería dada por ‘Washington’, la cual planteaba un vuelco en la economía: se produciría una liberalización de las actividades comerciales internacionales y una disminución paulatina de la intervención estatal en las fluctuaciones del mercado interno.
Esta postura fue (y es) conocida como Neoliberalismo[1] -un Liberalismo libertario y radical-, en donde la idea era volver a un comercio autorregulado por el mercado, pero incluyendo algunos postulados del keynesianismo, algo así como una lógica neoclásica ‘retocada’, en donde se permitiera al Estado jugar un rol subsidiario en pos de los más pobres y desfavorecidos a causa del desarrollo económico del conjunto social (según lo anunciaban en Chile los mismísimos ‘chicago boys’). El rol pasivo que asumía el Estado frente a la remetida de las transnacionales y de las empresas privadas de los nuevos grupos económicos internos (que gracias a créditos externos lograron un control casi completo del sector financiero, y lo que explica la gran brecha que existe entre ricos y pobres) hizo resquebrajar poco a poco la sociedad chilena, sobre todo afectando a las capas medias de funcionarios públicos del aparato burocrático y a los obreros.
El caso chileno es singular dentro del contexto Latinoamericano. Fue el primer país de la zona en adoptar este modelo económico. Aunque implantado siguiendo las propias bases de sus fundadores (Friedman, Hayek y otros), es importante tener en cuenta que previamente no hubo en Chile, ni en América Latina en general, un real proceso de industrialización (salvo algunos focos en Brasil, Argentina o México), o en otras palabras, se erigió un neoliberalismo sin tener un sustento concreto de desarrollo en el sector industrial-productivo. El desalentador panorama que trajo consigo esta fase del capitalismo que se encontraba, por decirlo de algún modo, sostenida en ‘el aire’, hizo colapsar al sector público. Un centenar de empresas que estuvieron en poder del Estado en el período 1970-73 fueron privatizadas: esta era una de las premisas fundamentales de la Nueva Economía.
En el ámbito de los recursos con los cuales contaba el Estado, y que se destinaban a gasto público, hubo una baja perjudicial para la sociedad, golpeando con mayor fuerza a los sectores medios y a la empobrecida masa marginal. De esta forma, como nos señala Nicolás Flaño[2], si calculamos los gastos en moneda constante usando el IPC (es decir, el gasto real, no el nominal) muestra la enorme caída en el gasto público social.
[1] Este modelo Neoliberal juega un papel de contratendencia en el desarrollo capitalista. Marx ya había anunciado, a mediados del siglo XIX en “El Capital” (en el tercer tomo de esta obra clásica de la historia literata sociológica), que existía una tendencia a la baja en la tasa de ganancia, lo que provocaba que cada cierto tiempo el capitalismo mismo se estuviera reestructurando y modificando, para hacerle frente a esta ley tendencial. Así, estos cambios estructurales pueden ser detectados en momentos de crisis mundiales (por ejemplo en la caída de la bolsa de la década de 1930, o en la última gran crisis, a la que hacemos referencia acá, en los años ‘70s).
[2] Economista chileno.