Un demonio recorre el mundo: el demonio del capitalismo. Ni el mismo Marx lo hubiese imaginado, incluso con esos grandes dotes de elocuencia que lo caracterizaban. Elocuencia y proyección históricas, sin duda desarrolladas en el contexto de lo que se venía dando en el pensamiento moderno, y específicamente en la zona germano-parlante. Pero no hablemos ahora de tiempos pasados; estos escritos convocan a reflexionar sobre tiempos presentes.
Muy a menudo los líderes de los susodichos países desarrollados (uno en particular) discursan cosas como "esta lucha es contra el terrorismo", o "es por la humanidad que luchamos", e incluso lo que es peor "la guerra y los miles de muertos se justifican por la erradicación del terror esparcido por el mundo". Esta lucha en nombre de la humanidad es, hablando en términos formales y legales, sin límites.
El derecho racional, como marco normativo de la modernidad, acota los espacios de guerra. Inclusive designa las prácticas bélicas legítimas que se pueden realizar entre humanos, entre países, así como las imperdonables. Por ende, en vista de que se dicta una guerra de “toda” la humanidad en contra del terrorismo, las acciones que se hagan en los campos de batalla podrán per se ser de todo tipo; no habrá ley que ponga límites a los mercenarios y asesinos.
La potencia para llevar adelante este tipo de guerras que tienen las potencias económicas mundiales hace enceguecer a la mirada atónita del mundo civil. Una mirada que se ha subsumido en un letargo de individualización y atomización que lleva décadas, desde aquellos tiempos en que los estudiosos de Frankfurt ya lo señalaran por la primera mitad de la pasada centuria.
En suma, la guerra propugnada por unos pocos en contra de todos se desata a cada momento. Si lo pensamos un poco, la lucha en nombre de la humanidad tendría que ser sólo en contra de los marcianos, porque sino que alguien explique qué está ocurriendo: militares norteamericanos aniquilando chicos en Irak y Afganistán. Eso quiere decir que ellos no son humanos. O que en verdad aquí hay algo raro, algo escondido a la luz de las balas.
Muy a menudo los líderes de los susodichos países desarrollados (uno en particular) discursan cosas como "esta lucha es contra el terrorismo", o "es por la humanidad que luchamos", e incluso lo que es peor "la guerra y los miles de muertos se justifican por la erradicación del terror esparcido por el mundo". Esta lucha en nombre de la humanidad es, hablando en términos formales y legales, sin límites.
El derecho racional, como marco normativo de la modernidad, acota los espacios de guerra. Inclusive designa las prácticas bélicas legítimas que se pueden realizar entre humanos, entre países, así como las imperdonables. Por ende, en vista de que se dicta una guerra de “toda” la humanidad en contra del terrorismo, las acciones que se hagan en los campos de batalla podrán per se ser de todo tipo; no habrá ley que ponga límites a los mercenarios y asesinos.
La potencia para llevar adelante este tipo de guerras que tienen las potencias económicas mundiales hace enceguecer a la mirada atónita del mundo civil. Una mirada que se ha subsumido en un letargo de individualización y atomización que lleva décadas, desde aquellos tiempos en que los estudiosos de Frankfurt ya lo señalaran por la primera mitad de la pasada centuria.
En suma, la guerra propugnada por unos pocos en contra de todos se desata a cada momento. Si lo pensamos un poco, la lucha en nombre de la humanidad tendría que ser sólo en contra de los marcianos, porque sino que alguien explique qué está ocurriendo: militares norteamericanos aniquilando chicos en Irak y Afganistán. Eso quiere decir que ellos no son humanos. O que en verdad aquí hay algo raro, algo escondido a la luz de las balas.