miércoles, 17 de diciembre de 2008

Repensar la modernidad: un camino sin salida.

Pareciera que la libertad política va aparejada de la libertad económica, o en otros términos, hay una compatibilidad entre capitalismo y democracia, tal que allí donde hay democracia siempre hay capitalismo.
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Esto parece algo elocuente, más hoy si pensamos en los ajetreados tiempos que vivimos en la actualidad (aunque el mismo ajetreo nos entorpezca la operación mental), tras la seguidilla de crisis que acaecen al capitalismo mundial, y que están ya afectando a la vida real de cada ser humano (la crisis financiera, la inmobiliaria, la monetaria, para terminar por una de alcance total donde convergen todas las anteriores: la económica).
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Este lúgubre escenario, sin embargo, difícilmente nos hace imaginar el regreso triunfal de la guillotina para comenzar una masacre afrancesada de los grandes capitalistas mundiales (una idea que a más de alguno habrá quitado el sueño pensando en cómo hacerlo de manera rápida y certera).
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Y esto es impensable, sin lugar a dudas por el sustento de legitimidad sobre el cual se yergue la estructura social fundada en la desigualdad económica como sustrato inicial y basal, a saber, la democracia. La igualdad jurídica que opera a través de la formalidad "ciudadanía", es aquella base esencial que legitima el orden social existente: uno no va a cuestionar a la democracia o el principio de igualdad que reclaman los derechos humanos, sin -a su vez- ir contra la corriente.
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Este problema toma un carácter paradojal -sin salida, incluso discursiva o retórica- cuando se piensa en que democracia (orden político aceptado como "el mejor") y capitalismo (orden económico legitimado en el "mejor" orden político) son dos caras de una misma moneda, que como tal es la que pone de relieve el paso de un mundo tradicional (pre-reflexivo) a uno moderno (reflexivo).